EL JUDO Y EL NIÑO

El JUDO es, en esencia, un método perfecto de educación para el niño, tanto en el plano físico, como en el moral. Estoy seguro que es el que más le conviene practicar de todos los deportes, todo el contenido de sus principio básicos se adapta a un sistema de educación psiquico-fisico ideal. Su importancia es considerable para el equilibrio de la existencia del niño, puesto que se convierte en cierta forma en argumento eficaz de la actividad un poco artificial a la que le obliga la sociedad. En efecto, concediendo primordialidad al programa de sus estudios escolares, se olvida que el niño es un centro de fenómenos, de procesos psicológicos extraordinarios y no respetar las leyes básicas de la vida, es ayudar a desequilibrar al joven ser en su ambiente. Si el JUDO no obtiene siempre, en los adultos, los resultados que se esperan en el plano evolutivo, es a causa de su mala interpretación, por un lado, y, por otro, que las costumbres adquiridas y las tendencias se encuentran fuertemente enraizadas ya. Es en extremo difícil volver atrás, destruirlo todo para volver a empezar con unos principio nuevos. En los niños, por el contrario, actuamos con elementos nuevos, entusiastas. El niño se impregna de principios y de ideas fuertes, de una vez y para siempre. Todos los Profesores de Educación física, de Cultura Física, de Gimnasia correctiva, etc... les hablarán de la dificultad casi imposible de vencer, al hacer trabajar a un grupo de niños. Esto es debido a que el niño se rige por fenómenos que le son característicos, a que es un jugador permanente, un inadaptado al esfuerzo continuado. La misma potencia de su vitalidad le hace un disperso constante. No pudiendo comprender la razón futura de los movimientos o de los gestos correctos, juega con ellos y los falsea constantemente por falta de atención y de adaptación al menos esfuerzo. El educador no debe, no tiene que tratar de impedir estos hechos. Son absolutos e innatos. Las lecciones de JUDO bien organizadas, evitan todas esas dificultades, mejor aún, aprovechan las tendencias de cada uno para hacerle cultivar su cuerpo. Dicho de otra forma, el JUDO se convierte en las manos de un pedagogo avisado, en una cultura física consentida y apreciada por el niño. Crea en él un espíritu de meta, de fin. Por la gran variedad de movimientos, por la obligación de efectuar gestos y esfuerzos completamente desconocidos en la vida corriente, el JUDO precisa de todos los elementos del cuerpo, de todos los grupos musculares, pero en el sentido de la extensión y de la flexibilidad. No olvidemos que la osificación es un proceso lento que no acaba hasta los veintidós años. En el adolescente, los huesos largos están aun formados por tres partes no soldadas completamente (diáfisis y epífisis). Los músculos no deben en manera alguna impedir el desarrollo del esqueleto, sino seguir el crecimiento de éste. Entre los quince y los veinticinco años el cuerpo se encuentra en equilibrio entre las dos tendencias que se enfrentan, "dilatación" y "contracción". Si se dan ejercicios de dilatación a los fornidos cúbicos y poliédricos (y son los que naturalmente prefieren), se fabrican monstruos. El JUDO es un juego para el niño, un juego serio y disciplinado y que se parece mucho al comportamiento de los mayores. En la vida idealizada por la imaginación creadora del niño es preciso aprovechar ese milagro intrínseco del individuo. El maestro debe ser un perfecto actor, ya que el niño, él, actúa en la realidad. En resumen, el JUDO es una herramienta maravillosa que, gracias a su acción directa puede dar resultados extraordinarios donde tantos otros sistemas de educación fracasan. Pero que acabe de una vez esa enfermedad grave en pedagogía del deporte educador; la de buscar el super-campéon. Éste fenómeno, "gloria de los clubes", existirá siempre, pero deber surgir el solo de la multitud. Es un portaestandarte, pero no debe ser nunca un ejemplo. El educador debe servirse del JUDO domo un medio, pero no como un fin. Conseguir en el hombre futuro un sistema de comportamiento individual y un desarrollo equilibrado de su condición física, esperando que éste se acuerde de ese antiguo precepto: "La evolución comparándola con otros es un mito. La única que vale es la que se obtiene a partir de uno mismo".